¿Qué esperamos de las vacaciones?
Quizás esperamos demasiado de las vacaciones. Vamos a analizar cómo las vacaciones no dejan de ser días en que seguimos con nuestros hábitos más profundos pero las rutinas han cambiado.
Muchas personas esperan todo el año a que lleguen las vacaciones para empezar a vivir. «Cuando tenga vacaciones descansaré», «cuando llegue agosto pasaré tiempo con mi familia», «ahora que tendré tiempo empezaré a cuidarme».
Sin darnos cuenta, dejamos nuestra felicidad siempre para después.
Las vacaciones suelen llegar cargadas de expectativas. Esperamos descansar, tener tiempo para todo, volver llenos de energía. Pero en ocasiones no todo es tan perfecto como pensamos y, cuando terminan, mucha gente siente una mezcla de satisfacción y de frustración. Descansaron, pero no tanto, o vuelven exactamente con las mismas preocupaciones que antes.
Esperamos descansar, desconectar, divertirnos, hacer todo lo que no tenemos tiempo de hacer mientras trabajamos…Pero muchas veces están llenas de imprevistos, las cosas no salen igual que como las hemos planificado, o nos encontramos mal porque el estrés constante al que estamos sometid@s durante el año hace que ahora que nos relajamos afloren pequeños problemas de salud…
Y es normal. Las vacaciones cambian el escenario, pero no cambian automáticamente nuestra mentalidad, nuestros hábitos ni la forma en la que vivimos el resto del año. Esperar que en dos semanas se resuelva el desgaste de meses, es poco realista. Las vacaciones pueden darte un respiro, pero la vida que construyes el resto del año es la que determina cómo te sientes de verdad. Las vacaciones son un descanso, no una transformación. Y entender esto ya quita mucha presión.
Las vacaciones deberían ser un paréntesis agradable, no el único momento del año en el que te sientes bien.
Hábitos sin rutinas
Además las vacaciones representan apenas unas pocas semanas al año. Si necesitamos escapar continuamente de nuestra rutina para sentirnos bien, quizá la pregunta importante no sea cómo organizar mejor las vacaciones, sino cómo construir un día a día que no sintamos la necesidad de abandonar constantemente.
Y, muy importante, descansar no siempre significa desconectar. Muchas personas dejan de trabajar, pero no dejan de pensar. Siguen conectadas al correo, a los pendientes, a la autoexigencia. Están en otro lugar, pero mentalmente siguen en el mismo sitio. El verdadero descanso implica bajar el nivel de exigencia, recuperar sueño, conectar con actividades que nos hacen sentir bien. Muchas veces seguimos con nuestros hábitos pero sin la misma rutina horaria. Y en ocasiones deberíamos ser conscientes de que quizás los hábitos que tenemos a lo largo del año no son los que nos ayudan a ser felices y por ello anhelamos unas vacaciones soñadas.
Por otro lado, en los últimos años se ha asociado el hecho de hacer vacaciones con ir de viaje, y así nos da la sensación de que si no nos podemos permitir irnos fuera, ya no estamos de vacaciones. Recuerdo cuando era pequeña que mis padres organizaban unas vacaciones divertidas cerca de la ciudad donde vivíamos, Tarragona, y no nos íbamos de vacaciones porque, a mis padres, aunque parezca inverosímil, no les gustaba viajar. El primer día de vacaciones íbamos a la zona del puerto y andábamos hasta el faro, allí cenábamos viendo la puesta del sol. El segundo día íbamos a Salou, y deambulábamos por el paseo, entrábamos en las tiendecitas de souvenirs, veíamos el ambiente abarrotado de turistas y cenábamos en algún restaurante. El tercer día íbamos a visitar a unos familiares que vivían en el campo y nos quedábamos a cenar allí bajo unos árboles que nos cubrían y nos refrescaban… Y así sucesivamente, vacaciones variadas sin irnos de viaje ni tener que gastar mucho dinero.
Así es que lo ideal sería entender que no existe un modelo único de vacaciones, que las mejores vacaciones van a ser aquellas en las que podamos hacer lo que más nos apetece con las circunstancias que tenemos y los medios de los que disponemos.
Además las vacaciones también tienen algo interesante: muestran nuestros hábitos reales. Sin la estructura del día a día, aparecen patrones que quizá durante el año no vemos tan claro. Si usamos la comida para calmar emociones, eso seguirá ahí. Si vivimos corriendo, quizá el parar nos incomode. Y eso no es un problema, es información valiosa sobre cómo vivimos. Y es importante ser conscientes de si los hábitos en vacacionesd han cambiado mucho o no, o simplemente cambian nuestras rutinas.
Mantener el equilibrio sin reglas rígidas
Cuando desaparece la rutina también desaparecen muchas normas que nos imponemos durante el año. Comemos a horas diferentes, salimos más a menudo, compartimos comidas familiares, aparecen helados, aperitivos, sobremesas largas… Y muchas personas sienten que han «perdido el control». Pero quizá no sea falta de control. Quizá sea que, durante todo el año, han vivido intentando controlar demasiado la comida. Las vacaciones simplemente hacen visible una relación con la alimentación que ya existía. Si cada helado genera culpa, si cada comida fuera de casa provoca ansiedad o si al volver piensas que necesitas «compensar» todo lo que has comido, probablemente el problema no sean las vacaciones. El problema es la relación que tienes con la comida. Y esa relación merece ser trabajada desde la comprensión y no desde el castigo.
Es muy habitual volver de vacaciones con culpa, por lo que hemos comido, por lo que no hemos hecho, por no haber aprovechado el tiempo, por no haber descansado lo suficiente. Esa culpa, en realidad, habla más de la autoexigencia que de lo que ha pasado realmente. La salud no se construye, ni se pierde en unos días. Se construye en lo que hacemos la mayor parte del tiempo, no en un paréntesis.
Por eso, quizá en lugar de preguntarte si lo has hecho bien o mal, o si has subido o bajado de peso, puede ser más útil plantearte otras preguntas:
.¿Qué cosas me hacen sentir realmente descansad@?
¿Qué hábitos me gustaría mantener cuando vuelva a casa?
En conclusión, las vacaciones son un regalo, pero no una solución mágica. El cambio real se construye en los hábitos cotidianos, en las pequeñas decisiones, en cómo te hablas, en cómo gestionas tus emociones y en cómo cuidas de ti durante todo el año. Ese es el verdadero cambio que permanece cuando se terminan las vacaciones.
Sin olvidar que muchas personas no pueden hacer vacaciones o que, para muchas otras no existen realmente las vacaciones, porque nunca «desconectan» de su trabajo o de sus quehaceres diarios, e incluso representa para ellas un momento de mayor estrés al tener que incluir necesariamente cenas para los amigos…
Así que, antes de «soñar» con tus vacaciones ideales, te propongo bajar un poco el listón, ser realista, y entender que no tienen porqué ser perfectas, valorando el hecho de tener mayor tiempo libre y poder hacer algunas cosas diferentes que rompan la rutina. También pueden ser un momento para aumentar tu creatividad o simplemente para reflexionar un poco más sobre cómo es tu vida y pensar en qué podrías mejorar. Te propongo una buena pregunta para cuando vuelvas de vacaciones:
¿Qué he descubierto sobre mí estos días?
