Comer es una necesidad biológica imprescindible para la vida. De los alimentos obtenemos los nutrientes necesarios para todas las funciones vitales y para obtener la energía que nuestro cuerpo requiere.
Sin embargo, no siempre comemos cuando nuestro cuerpo lo necesita. Muchas veces recurrimos a la comida para aliviar emociones desagradables, gestionar el estrés, combatir el aburrimiento o llenar un vacío emocional. A este comportamiento se le conoce como hambre emocional.
Aunque comer ocasionalmente por motivos emocionales forma parte de la experiencia humana normal, cuando esta conducta se convierte en un hábito frecuente puede tener importantes consecuencias sobre la salud física y psicológica.
¿Qué es exactamente el hambre emocional?
El hambre emocional es el deseo de comer impulsado por emociones, pensamientos o situaciones psicológicas, y no por una necesidad fisiológica real de energía.
A diferencia del hambre física, que aparece de forma gradual y puede satisfacerse con diferentes alimentos, el hambre emocional suele surgir de manera repentina y suele dirigirse hacia productos concretos, especialmente aquellos ricos en azúcar, grasas o sal. El consumo de ultraprocesados agrava más el problema, entre otras cosas, porque están diseñados para crear dependencia.
Entre los desencadenantes más habituales del hambre emocional encontramos: ansiedad, soledad, frustración, aburrimiento, problemas de autoestima, conflictos personales…El problema no es únicamente la cantidad de comida ingerida, sino la función que esta empieza a desempeñar como mecanismo para regular emociones.
Pero el problema va mucho más allá a nivel fisiológico. ¿Cómo afecta a nuestro organismo?
- aumento progresivo de peso: cuando se come para calmar las emociones se suele recurrir a alimentos de alta densidad calórica y, a menudo, de poca densidad nutricional. Y es fácil consumir gran cantidad de calorías en poco tiempo. Más allá de tener un leve sobrepeso el problema es la acumulación de grasa especialmente a nivel abdominal.
- mayor riesgo de resistencia a la insulina y diabetes tipo II: porque cuando comemos en exceso, el cuerpo libera grandes cantidades de insulina para procesar esos azúcares. El páncreas se ve sobrecargado, y a largo plazo esto puede afectar la sensibilidad a la insulina, lo cual significa que esta es menos eficiente y entonces necesita producirse en más cantidad para producir el mismo efecto, y estamos ante la antesala de una diabetes.
- problemas digestivos: digestiones pesadas, hinchazón abdominal, reflujo… Si comemos muy a menudo no dejamos que el CMM, el Complejo Migratorio Motor, el «sistema de limpieza del intestino» se active, con lo cual se pueden acumular bacterias y ser el origen de un sobrecrecimiento bacteriano, por ejemplo.
- inflamación crónica de bajo grado: muchos componentes de los alimentos ultraprocesados desequilibran la microbiota intestinal y pueden inflamar el intestino.
- problemas cardiovasculares: el hecho de abusar del consumo de ciertos alimentos ricos en grasas saturadas y trans, con grandes cantidades de azúcar y exceso de sodio, puede favorecer aumentar los niveles de colestero LDL, incrementar los niveles de triglicéridos… lo cual puede tener un efecto negativo para la salud cardiovascular.
- neuroinflamación: respuesta inflamatoria del sistema nervioso en el cerebro que se puede producir porque ciertas sustancias inflamatorias del intestino, procedentes de esa conexión entre intestino- cerebro, pueden atravesar la barrera hematoencefálica y alterar la regulación hormonal. Los efectos pueden ser: niebla mental, falta de concentración, cansancio persistente, problemas de memoria, cambios en el estado de ánimo…
- bloqueo metabólico: impide el correcto equilibrio y homeostasis con lo cual el organismo no tiene flexibilidad metabólica, es decir el hecho de que pueda recurrir a la grasa como fuente energética y no dependa exclusivamente del azúcar.
- desregulación hormonal: ciertas hormonas como la grelina, la leptina, el GLP-1 etc. «se apagan», dejan de funcionar correctamente y esto tiene implicaciones en los niveles de hambre-saciedad y en la quema de grasa.
Y lógicamente también podemos hablar del impacto sobre la salud mental: problemas de autoestima, sensación de fracaso, frustración, ansiedad incontrolable…
El verdadero problema no es la comida
Es importante entender que el problema no suele ser un alimento concreto ni comer un dulce ocasionalmente. El riesgo aparece cuando la comida se convierte en la principal estrategia para gestionar emociones difíciles.
La alimentación emocional frecuente suele indicar que existen necesidades emocionales que no están siendo atendidas de forma adecuada. Es la punta del iceberg, es el síntoma, la señal de que hay un cuerpo desregulado y de que hay un problema que debe ser atendido.
La conclusión es clara: el hambre emocional es mucho más que un simple problema de fuerza de voluntad. Se trata de una conducta compleja en la que intervienen factores psicológicos, emocionales y biológicos.
Por ello, abordar únicamente la dieta suele resultar insuficiente. En muchos casos es necesario aprender nuevas formas de gestionar el estrés, la ansiedad, la tristeza o la soledad.
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